Imagínese
Bastaba que llegara con los colores en las manos para que Él comenzara una vez más. A veces me preguntaba si podría empezar a jugar con tanto alboroto si Ella traía sabores en los codos, pero siempre me contesté que no dependía de si traía sabores, olores, sensaciones o colores, sino de que si las traía en los codos, las uñas, o la palma de la mano ambizquierda. Una vez, tratando de obtener resultados similares, llegué a su casa con una taza de emociones en el ombligo. Al verla, inmediatamente comenzó a absorber las partículas de aire, pero esta vez las convirtió en granos de sal, cajas de fósforos, y lavalozas super-económico, nada que ver con los objetos que aparecen cuando Ella juega con Él.
Muchas veces intenté encontrar las claves que me llevaran a comprender las reglas del juego. Los observaba, registraba en mi cuaderno los movimientos (un reojo, una sonrisa, un camuflaje), qué traía Ella y dónde lo llevaba (risas en el tobillo, imágenes de una película favorita en las vértebras), cómo reaccionaba Él y qué objetos creaba a partir de las párticulas del aire no-calefaccionado de la pieza de atrás (objetos que pueden ir desde un reloj que mide el sabor de las tonalidades del color rojo, hasta aretes que se inflan cuando el día será aburrido), en fin, una serie de características que al parecer nunca fueron suficientes para encontrar las instrucciones básicas de un juego como ése.
Lo preocupante es que de un tiempo a esta parte Ella no quiere volver a jugar. Hace más de veintisiete días que no llega a la casa con los colores en la mano o los gritos en la falda -al parecer en el hospital le dijeron que tenía desmagianoidea y su familia quiere que vea a un analista-. A veces viene pero no trae nada, o peor, trae las cosas pero deja su cabeza en otra parte, así que Él llora, y transforma las partículas de aire en papel higiénico o pilas recargables. Imagínese. Es por eso que le escribo, a ver si me da alguna pista. Sé que no soy Ella, que por mucho que traiga las galaxias en mis fosas nasales jamás construirá lo que nosotros queremos. Él no dejará de llorar ni volverá a jugar si no encuentro el manual de instrucciones que Ella le entregó a usted esa vez que descubrió la puerta que da inicio al juego. Yo intenté por todos los medios vislumbrar las huellas, los pasos en ellas, pero ya sabe. Le prometí que sólo en caso de emergencia le escribiría, y ya ve: Él que llora, Ella enferma, el juego llenándose de carteles que anuncian la recta final y las partículas de aire acumulándose en la bodega.
Se lo pido, por el bien de todos, ayudemÉ.



atilio dijo
Y de pronto, cayo el silencio a principios de marzo.... porqué?
1 Mayo 2007 | 12:38 AM